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Si dibujásemos los contornos de Sádaba, empezaríamos por el rectilíneo castillo, con los impecables muros dorados de sus siete almenas, que proyectan una imagen de ciudadela, y terminaríamos por la catedral, cuya torre nos haría perdernos entre sus filigranas. Es una silueta elegante, como corresponde a la tercera de las Cinco Villas, que asentada en la llanura, se recorta con precisión sobre un cielo diáfano y se rodea de campos de cereal y ambiente de estepa, lo que acentúa su color a miel. Sin embargo, nos dejaríamos quizás lo más importante, el sabor a tradición de sus edificios más típicos que, dispuestos sin dejar un solo hueco, apretados uno contra otro, dotan a la villa de un sólido corazón.

Parece que la palabra callejear la inventaran para esta villa con nombre de ecos orientales. Calles estrechas y aceras bajas o inexistentes, todo ello en piedra, con austeros y sobrios caserones que se revisten de dignidad y de porte señorial. Arriba, los sencillos aleros prolongan tejados de pendiente suave y sus tejas árabes amparan estilizadas fachadas, en las que se alternan la dorada arenisca con las machas blancas del encalado. Delgadas y esbeltas, proyectan como una invitación hacia la calle, hacia el espacio público, balcones con cuidada filigrana en la forja, trabajada por artesanos del lugar, tapada en parte por exuberantes maceteros. A veces, acompañan a los balcones ventanas de doble arco con parteluz, llamadas ventanas ajimezadas.
Buena parte de estos edificios -que responden a los cánones clásicos de la arquitectura tradicional en las Cinco Villas- los descubriremos en la plaza Alta, la plaza Aragón, Barrio Verde, calle Mayor y calle Imperio, algunas de las arterias principales del casco antiguo y de las plazas que las anudan. Sus muros son de buena cantera: la de las piedras del castillo, que anduvieron desperdigadas durante largo tiempo y, con una pizca de picardía, los propios habitantes se fueron sirviendo de ellas para construir o rehabilitar sus edificios. Este material, si no eterno, sí perdurable, se deja ver también enmarcando las puertas, con arcos dovelados.
Delante de cualquiera de estas fachadas, uno no puede resistir la tentación de empujar el portón, y lo hace sin asomo de culpa, para capturar, como si de un objetivo fotográfico se tratara, una imagen evocadora. Los patios, en semipenumbra, aún intensifican más la sensación de tipismo: los zaguanes, con sus cadieras, sillas antiguas y tinajas, con sus utensilios para las labores del campo que ahora se han convertido en elementos decorativos, los suelos, algunos todavía de canto rodado, los arranques de las escaleras, con peldaños en piedra y barandilla de madera...
La tradición oral ha mantenido viva la leyenda que narra cómo un marino, por supuesto sadabés y de nombre no sé si literario pero cuando menos curioso, Tiburcio Xinto, encontró la imagen del Cristo de Sádaba flotando en el Océano Atlántico a principios del siglo XVI y la trajo a su villa natal una vez que el monarca de entonces, Carlos V, le concedió este deseo. Puesto que su casa estaba y está muy próxima a la iglesia, de una argolla de su fachada, que todavía se puede ver, cuentan que pendió el Cristo hasta que finalmente pasó al interior del templo, de donde sólo ha salido en contadísimas ocasiones: en tres rogativas para que lloviese tras largos períodos de sequía y en la celebración del V Centenario de su llegada a Sádaba, que provocó lágrimas en más de un devoto. La talla resulta bastante impactante con sus 1,79 metros de longitud -tanto como la altura de un hombre de mayor estatura que la media- y sus 68 kilogramos de peso, y sobre todo por su expresión dramática. Disfrutar de la contemplación de este Cristo y conocer su particular historia es parte esencial de la visita a la iglesia sadabesa.
El templo sobresale por varios motivos, además de por la talla que alberga: el primero, que es el uno de los escasos templos góticos que se ven en el norte de Aragón y que los entendidos apuntan como "el más perfecto de esta época y tipo de toda la región" o, al menos como "uno de los más bellos". Para obtener una mejor vista de su interior nada como subir al coro, que se encuentra en el piso superior. Allí, la escena medieval se acentúa y se tiende una conexión caso palpable entre el templo y las ventanas ajimezadas que hemos visto en los edificios civiles. Desde este punto, la vista de la nave central es imponente, con la tenue iluminación de las lámparas de forja -realizadas en la propia villa- que crean claroscuros repletos de misterio. Detrás quedan los sitiales del coro perfectamente dispuestos y el gran cantoral en el centro, un tomo grueso y pesado, como los que otras veces hemos visto en las iglesias, en los museos diocesanos y en las películas.
Por una pequeña puerta situada en un lateral del coro, accedemos la parte trasera del órgano. El grandioso instrumento, por delante con sus característicos tubos de metal de los que saldrán armónicos acordes, es por detrás una gran obra de ingeniería, con una complicada red de tiras de madera en una estudiadísima disposición. Entre telarañas e iluminada con una luz oscilante, la urdimbre de maderas, envuelta en frío, silencio y semioscuridad, resulta enigmática, compleja y la leyenda de Maese Pérez cobra renovada fuerza. Una última mirada a la nave de la iglesia nos desvela cómo los gruesos nervios pétreos se entrelazan para formar lo que llamamos bóveda estrellada. El visitante sale del templo con la sensación de sobrecogimiento que suelen generar los majestuosos templos góticos.
Rodeando a la iglesia, se encuentra el barrio moro. En Sádaba a todo lo que es antiguo, los vecinos lo llaman "de los moros" y, si bien es cierto que este entramado de calles tiene origen árabe, no sucede lo mismo con el Mausoleo de los Atilios. A este monumento que se encuentra en la carretera que va a Uncastillo pero todavía en el término municipal de Sádaba, los sadabeses se refieren como el Altar de los moros -ni es altar, ni es árabe-, un monumento funerario romano que, por cierto, merece la pena visitar. En cualquier caso, esta zona de intrincadas callejuelas reserva buenas sorpresas, una de ellas es un edificio del que sólo resta la fachada, con un pequeño balcón de cuidada forja y decorado al pie con piedra labrada representando un rostro humano, otro de animal y dos cuerpos desnudos. Tan osada imagen podría hacer referencia al uso del edificio, que podría haber sido un prostíbulo en el Medievo. Caminando un poco más alcanzamos, en la calle Imperio, la Casa del Conde, uno de los mejores ejemplos de arquitectura civil aragonesa que encontraremos, con un bello alero.
Otro de los edificios más llamativos es Casa Cortés, convertida en Hospedería hace cinco años. Con varios siglos a sus espaldas esta Hospedería que lleva el Grupo Arturo Cantoblanco (que también está a cargo de las Hospederías de La Iglesuela del Cid -Teruel-y Roda de Isábena -Huesca-), ha sido completamente restaurada.
De todos los edificios religiosos o civiles de Sádaba, sin duda el más característico es el castillo. La gran mole proyecta una imagen de orden y equilibro, de construcción perfectamente geométrica. Sus muros dorados se mantienen impecables. La fortaleza se encuentra al otro lado del Riguel, en el barrio de la Ermita, algo chocante para una construcción de estas características que uno se imagina allá en lo alto, inaccesible. Sin embargo, llegar es facilísimo y se puede dejar el coche casi hasta en la misma puerta. En realidad, el castillo se sitúa sobre un suave altozano. Es sobrio, austero y proporcionado y sus siete torres, que sobresalen con alturas elevadas y más o menos similares, le hacen parecer más que castillo, una ciudad o ciudadela bien protegida. La torre orientada al Suroeste recibe el nombre de Torre del Rey. El regio nombre no es gratuito, ya que es la que más destaca, por su mayor elevación y por ser la que conserva más elementos nobles. Las siete almenas están completamente restauradas.
Una iglesia desde la que se iluminaba el camino a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela, un monasterio que estuvo habitado por religiosas, restos de unas termas romanas y unas lagunas que alegran la vista en este paisaje estepario son los principales puntos de interés que encontraremos en el entorno de Sádaba.
Para alcanzar la iglesia de Puylampa hay que tomar la carretera que va desde Sádaba a Pinsoro y, a las afueras del pueblo, una vez que hemos llegado a las instalaciones de la Cooperativa, nos desviamos hacia la izquierda. El nombre de este templo evidencia la que fue su función durante largo tiempo y proviene del latín -Podium Lampadii-. La iglesia mantenía siempre encendida una luz, una antorcha encendida, que iluminaba a los peregrinos que recorrían la ruta Jacobea de las Cinco Villas para llegar a Santiago de Compostela.
El Monasterio de la Concepción de la Virgen de Cambrón es un antiguo monasterio cisterciense que también se encuentra en el entorno de la villa. Para visitarlo -además de pedir la llave en la Oficina de Turismo, al igual que hay que hacer para visitar Puylampa, ya que ambos son propiedad particular-, hay que salir de Sádaba en dirección a Ejea de los Caballeros y tomar la pista que continúa paralela al canal. Después de unos kilómetros, la dejamos para desviarnos a la derecha. Una comunidad benedictina de religiosas que buscaba tierras climatológicamente más benignas lo fundó y habitó hasta que por norma religiosa del Concilio de Trento se vio obligada a abandonarlo.
Próximas a Sádaba se encuentran las ruinas de Los Báñales, con entrada desde el pueblo de Layana. Unos pilares ciclópeos nos recibirán y nos ayudarán a ambientarnos en la época romana, en la que se apreció mucho esta villa, seguramente por su vocación cerealista.
Próximo al castillo hay un nevero. Varias de estas construcciones parecen también en el casco urbano. Estos antiguos pozos de hielo permitían el almacenamiento y la conservación de nieve para su consumo en la temporada estival. La nieve se prensaba y se compactaba con gran esfuerzo. Entre capa y capa, se colocaba paja para facilitar su conservación y posterior troceado. Estas construcciones, que recubren oquedades cilíndricas, son de piedra arenisca y tienen la cubierta abovedada.
Livia Álvarez (Aragón Rutas)
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